Concurso cuentos sobre Libros
El último librero de Pompeya Por Amador Guallar - 328 palabras
Recreación pictórica de La Casa de la Sabiduría de Bagdad antes de que fuese destruida por las hordas mongoles en el año 1258

Titus Flavius dio un salto y pasó por encima de uno de los muros derruidos de la villa de los Magnus, girando la cabeza en el aire y viendo como una gran bola de fuego pulverizaba a una mujer gritando sujetando a un recién nacido. Cayó mal y perdió el equilibrio ya que sus manos estaban ocupadas agarrando un gran libro de pergaminos envuelto con pieles de cabra.

 

La siguiente explosión hizo retumbar la tierra y, durante un segundo, le pareció oír al unísono los gritos de los miles de habitantes de la ciudad atrapados por la furia del Vesubio. Los campos verdes del Elíseo estaban cerca, pensó recobrando la compostura para seguir corriendo hacia las colinas rodeando la ciudad.

 

De repente, el suelo se abrió y tuvo que saltar de nuevo adentrándose esta vez en lo que una vez había sido una callejuela  y mercado de ropajes harapientos para las clases populares y los esclavos con cierto estatus, y que ahora se había convertido en un infierno en llamas. La piel arde, pensó. A su alrededor, cientos de personas corrían, desesperadas, renunciando a morir. El cielo estaba cubierto por una densa nube negra y cada vez llovía más ceniza.

 

No había salida y el último librero de Pompeya lo sabía así que se sentó en el suelo, lo más alejado posible de las llamas, se deshizo de las pieles de cabra y empezó a leer en voz alta traduciendo al latín un viejísimo manuscrito escrito en griego.

 

Pronto estaría en el Hades, quizás esa lectura en público haría que los Dioses fuesen benevolentes, tras haber custodiado en silencio y con avaricia la única copia conocida en todo el Imperio del Margites de Homero. El poema épico que Aristóteles había descrito como la obra donde nacieron las comedias, y que estaba estudiando celosamente para un día dejar atrás al librero y hacer que el nombre de Flavius sobrepasase las gestas de Virgilio.

 

Pero ya era demasiado tarde.