Concurso cuentos de Navidad de
Cuento Finalista al Concurso
El abeto español de Hans Christian Andersen Por Amador Guallar - 1000 palabras
Litografía del joven Hans Christian Andersen

La taberna en el centro de Odense estaba a rebosar, eran pasadas las ocho y mientras el padre del pequeño Hans discutía con un soldado sobre el coste de sus botas recién remendadas, él seguía hipnotizado por los extraños hábitos de los combatientes extranjeros que hacía semanas abarrotaban la campiña de Jutlandia.

 

Hans los miraba con los ojos abiertos como platos soperos, atento, sin comprender las celebraciones honestas y desesperadas que los españoles de Napoleón hacían del sentimiento de vivir, muy diferentes a las del norte de Dinamarca, donde la lógica y el sol frío reinaban sobre las gentes.

 

Como casi no llegaba a la mesa, el chico se había subido a un taburete para no perderse detalle. Ese marzo de 1807 Hans estaba descubriendo un mundo en el que los  hombres eran capaces de iluminar el taciturno y oscuro invierno danés. Todo un logro.

 

Los soldados, que ocupaban casi todas las mesas, vestían uniformes variopintos, coloridos y ninguno exactamente igual, como si cada hombre fuese su propio ejército. “Soldaditos de plomo”, pensó.

 

Al llegar a la comarca, los modales directos y ruidosos de los españoles, el griterío y la música hasta altas horas de la madrugada, asustó a los aldeanos que, las primeras noches, mantuvieron puertas y ventanas cerradas a cal y canto. Pero pronto la jauría española, comandada por el teniente general Pedro Caro y Sureda, III Marqués de La Romana, demostró que no estaba ahí para forrajear o dedicarse al pillaje, y tras varias semanas la población danesa los había aceptado como algo estrambótico pero parte del paisaje. Un circo que, por otro lado, pronto partiría hacia el combate.

 

Hans intentó descifrar la melódica lengua castellana, siempre acompañada de gestos exagerados, hasta detener sus ojos en un soldado joven, delegado, el único sentado solo y visiblemente apenado. Tenía los ojos rojos y sostenía un bastón de madera con el que jugueteaba. Hans no lo dudó, saltó del taburete y se adentró entre el gentío hasta situarse delante del soldado, que lo observó con una mirada triste.

 

Pedro Alarcón era de Sevilla y le apodaban Bebito, se había alistado en la expedición española no porque apoyase al Emperador francés, al Rey de España o a los enemigos de éstos, sino porque en el ejército servían dos comidas al día, te daban ropa, aunque en consigna, y además quizás podría volver a Sevilla con algo más que serrín en sus bolsillos. Su único recuerdo de casa, un bastón de abeto, lo último que conservaba de su padre.

 

"Hej, hvordan har du det? Mit navn er Hans", dijo el chico extendiendo la mano. Pedro tardó en reaccionar.

 

"Ah, chiquillo, te llamas Ans, dices", respondió invitándole a sentarse. "¿Cómo estás?”, añadió sin saber que el niño le había hecho la misma pregunta.

 

Hans quería averiguar el porqué de su tristeza en medio de la música y las canciones, pero sabía que el soldado no entendería sus palabras, así que recurrió a los gestos. El español comprendió y se rió.

 

"Ni llorar ni triste", dijo con un fuerte acento sevillano. “Pronto combatiremos y, bueno, tengo miedo”, susurró moviendo la cabeza avergonzado. “Ves este bastón, viene de muy lejos, de un abeto de mi tierra, un árbol fuerte y orgulloso, un árbol que crece sin miedo… quizás porque no sabe que lo cortarán para Navidad y luego se convertirá en leña”, reflexionó Pedro con una sonrisa torcida.

 

“Sabes qué, te lo voy a regalar. Tengo que dejar de pensar en casa y en volver y en la muerte que nos espera, o los recuerdos del bastón me llevarán a la tumba por pena y no las balas enemigas”, ironizó para combatir a las incipientes lágrimas, extendiéndole el presente a Hans, que lo aceptó de muy buen grado, a pesar de no haber entendido nada de lo que el soldado había dicho.

 

“Recuerda, éste es un bastón mágico que viene de un lugar soleado, tócalo y entrarás en otro mundo”, bromeó Pedro a sabiendas de que el chico no entendía, por lo que se rió. Hans y el soldado estuvieron sentados en silencio durante unos minutos, envueltos por el ruido de la taberna y el espíritu de la fiesta española. Poco después, el padre le hizo un gestó y el niño volvió a su regazo mientras su progenitor sonreía por haber llegado a un buen trato.

 

“A ver si a ti te da más suerte”, dijo Pedro cabizbajo cuando el chiquillo ya se marchaba, de nuevo asaltado por la añoranza y sintiendo un intenso dolor en el estómago al pensar en su bautizo de fuego en las filas de la infantería de línea española, de donde muy pocos regresaban enteros.

 

Cuando su padre abrió la puerta de la calle, Hans se giró y observó brevemente el rostro del soldado español devastado por su propio destino, y de repente estaba en la calle con la puerta de la posada a sus espaldas escuchando el sonido de la pequeña campana colocada en el marco superior.

 

Con el tiempo, la cara del soldado pasó al olvido hasta que una mañana de abril de 1848, casi medio siglo después, el español se le apareció mientras escribía las primeras palabras de ‘El Abeto’, el cuento de Navidad que lo catapultaría en las letras danesas.

 

“Allá en el bosque había un abeto, lindo y pequeñito. Crecía en un buen sitio, le daba el sol y no le faltaba aire, y a su alrededor se alzaban muchos compañeros mayores, tanto abetos como pinos. Pero el pequeño abeto sólo suspiraba por crecer…”, escribió y, de repente, la vívida imagen de la cara triste del español le conmovió.

 

Podía recordarla perfectamente y, con ella, la imagen del bastón hecho de abeto, y la tristeza en sus ojos por el cruel destino que le esperaba, sus gestos, su desdicha. Los soldados son la leña del campo de batalla, pensó, y continuó escribiendo la historia de un abeto que, en otra vida, había sido Pedro Alarcón, uno de los soldados españoles sirviendo en Dinamarca.