Concurso cuentos sobre Libros
El día en que Hemingway lloró Por Amador Guallar - 998 palabras
Ernest Hemingway vestido con su uniforme de la Gran Guerra en Milán, 1918

-¡Otro bourbon, de Kentucky!

 

-Vamos Ernie, creo que ya has tomado suficiente –le  dijo el barman con un marcado acento alemán apoyando las manos en la barra con una sonrisa forzada.

 

-¿Ernie? ¡Diablos! Sólo mi madre me llama así y tú eres demasiado feo y vulgar, mejor me sirves otra y acabamos con esto –respondió con los ojos entrecerrados, inyectados en sangre, resoplando compelido por una combinación entre intoxicación etílica y rabia en estado puro. El camarero lo miró de arriba abajo, se giró parsimoniosamente, cogió una botella de Bulleit Frontier Whiskey y le sirvió la mitad del vaso.

 

-Hasta el final –dijo Ernest intentando controlar, sin éxito, el timón de su embriaguez. El barman se lo quedó observando y resopló. El joven escritor norteamericano había nombrado ese establecimiento como su sede para las borracheras nocturnas en Lausanne, Suiza, donde estaba cubriendo para el Toronto Daily Star la Conferencia de Paz ese frío diciembre de 1922.

 

-Sr. Hemingway, ésta es la última copa.

 

El barman le sirvió hasta casi el borde del vaso, colocó la botella de vuelta en la estantería de cristal, limpió la barra y, apoyando la espalda en el mostrador interior, se cruzó de brazos sin quitarle ojo. El joven periodista estaba desbocado y, sin duda, buscando pelea. Más de quince años detrás de la barra le habían enseñado a identificar enseguida a los alborotadores.

 

-Mi última copa –repitió mofándose del acento alemán del barman, que lo miró en silencio, sin caer en la provocación mientras Ernest se llevó el vaso a los labios y un pequeño sorbo dio paso a otro y otro hasta que engulló todo el bourbon quedándose sin respiración, tambaleándose en el mismo taburete en el que se había sentado las últimas dos semanas hablando de la belleza de Elizabeth Hadley Richardson, su esposa, que había llegado esa mañana y ahora estaba en la habitación del hotel llorando desconsolada, pensó sin poder evitar una cara de desprecio y odio auténticos al pensar en ella. El barman lo advirtió y se aventuró a preguntar sintiendo que su instinto le gritaba lo contrario.

 

-¿Va todo bien, Sr. Hemingway? Parece que hoy está un poco alterado. Quizás sería mejor dejar de beber y volver con su esposa. Si no recuerdo mal, ¿llegaba hoy? Vaya con ella, sea un buen marido –dijo el barman buscando un alfiler de complicidad en un pajar quemándose por el odio y el rencor. El suizo enseguida se dio cuenta de que la estrategia para deshacerse de un cliente en busca de pelea le había salido rana.

 

Hemingway lo miró intensamente. Nunca un silencio había hablado tanto. El mundo se detuvo tal y como lo hace cuando alguien está a punto de abrir una grieta en el mismo a base de palos. Pero el norteamericano se contuvo al recordar el motivo por el que esa noche estaba bebiendo hasta desfallecer.

 

-Lo he perdido todo, ¿entiendes? –respondió finalmente pausado, arrastrando las palabras–. Todo... –repitió apesadumbrado, por un momento inmune a la rabia que lo consumía por dentro. Esta vez el barman no se atrevió a hablar. Hemingway continuó, subiendo el tono de voz con cada palabra.

 

-Maldita Hadley, maldito tren y idiotas franceses de aduanas. ¡En América, esto no pasaría, nunca! ¡Cabrones! ¡Cabrona sin cerebro! ¡Cabrones todos y yo el idiota del reino! Mierda –volvió a contener el tono, sufriendo sinceramente– ¿Alguna vez has visto a un hombre cortado por la mitad por un obús del 88 intentando seguir corriendo hacia las trincheras enemigas? El mortífero sonido de los silbatos metálicos empujando a generaciones hacia la muerte, honestas, puras, pero estúpidas por morir por dos centímetros de lodo y alambrada. Yo lo vi. Durante meses. Sucio, honesto, maldito, con los ojos abiertos y con mis notas. Cientos... –el  escritor se sintió mareado y volvió a pausar el tono sin perder un ápice de rabia.

 

-¡Los libros, joder! –continuó– ¡Lo entiendes! Material para un primer libro, quizás una novela de desamor. Y cuentos, testimonios, el mejor periodismo de guerra desde Jack London y John Reed. Pero se ha extraviado, dice ella. ¡Todo perdido! ¡Hijos de puta! –gritó de repente saltando del taburete y lanzando el vaso contra la cristalera rompiéndola y con ella varias botellas.

 

-¡Se acabó! -exclamó el barman corriendo hacia la trampilla de entrada a la barra para abalanzarse sobre el joven plumilla cuya intoxicación etílica le impidió reaccionar, al tiempo que uno de los locales banqueros, como el periodista los llamaba, que había estado escuchando todo sentado en una mesa cercana, lo agarró por la cintura. Entonces los años de boxeo en la universidad y la violencia aprendida en la Gran Guerra lo convirtieron en el animal que se escondía tras su literatura. Pero la desventaja y las copas lo desarmaron en pocos segundos y, flotando, como en un sueño violento narrado por una bruja del medievo, se vio en la calle, solo, ante dos moles de carne, un pequeño farol iluminado los copos de nieve, sus caras oscuras y entonces, un puño de gigante que lo mandó a la oscuridad. La calma.

 

Al abrir los ojos, unos minutos después, apenas sintió el ojo morado, tendido sobre la nieve como estaba su cuerpo entumecido, por lo que costó levantarse y, casi inmediatamente, vomitó los litros de alcohol fermentando en su estómago.

 

El frío y desalmado sol suizo estaba asomando la cabeza. Era hora de volver al hotel y lidiar con Hadley, así que empezó a caminar hacia el amanecer con las manos en los bolsillos, las solapas del abrigo cubriendo su cuello y parte de la cabeza como escondiéndose porque, por primera vez desde niño, estaba llorando unas lagrimas que quiso contar porque correspondían a cada palabra perdida, pensó. Diamantes de agua que hay que contar aunque se diluyan entre los dedos. Y, por un momento, pensando en que a partir de ahora escribiría sencillo y efectivo para recuperar el tiempo perdido, le pareció oír una voz que decía: soy yo, me oyes, escucha a tu propia voz.