Concurso cuentos sobre Libros
La sangre de los libros de La Casa de la Sabiduría Por Amador Guallar - 986 palabras
Recreación pictórica de La Casa de la Sabiduría de Bagdad antes de que fuese destruida por las hordas mongoles en el año 1258

-¡Por favor, deténgase, se lo imploro! –gritó desesperado Abdul Rahman, el último escriba vivo que quedaba en La Casa de la Sabiduría, la biblioteca más vieja de Bagdad, mientras los dos jinetes mongoles que lo sujetaban por los brazos apenas podían contener su acometida para escabullirse y detener a Hulagu Khan, el líder mongol que, tras conquistar una de las joyas del Islam, ahora estaba divirtiéndose atormentando a sus nuevos súbditos. El guardián a su izquierda sacó una daga con ornamentos dorados, sin duda botín de guerra, y le clavó la punta de la misma entre las costillas, deteniéndolo en seco.

 

-¿Qué sucede, escriba, a caso el conocimiento no flota? –dijo el Khan cogiendo un libro encuadernado con piel de primera calidad abierto sobre el atrio de la biblioteca. Uno de los muchos incunables que habían encontrado refugio entre las paredes donde los sabios sufíes habían almacenado el conocimiento del mundo durante generaciones.

 

Hulagu Khan sentía un odio especial hacia los escribas, a los que consideraba brujos con demasiadas ansias de poder. Por eso estaba en la biblioteca más famosa de Persia, quizás del mundo conocido. El Khan ojeó el manuscrito, resiguió con un dedo las líneas redondas y doradas del título en árabe, y miró al escriba cuyos ojos no pudieron esconder que el líder de la horda mongol tenía en sus manos una joya.

 

-¿Qué tipo de encantamientos y oscuridades contiene este manuscrito?

 

-No es magia, gran Khan, esa es la única copia conocida de Sobre la construcción de esferas, un compendio escrito por Arquímides, un genio griego, en el que se explica cómo construir algunas de las maravillas de la ingeniería de la Antigüedad. El conocimiento de los primeros hombres, un pozo de sabiduría que ningún líder con cabeza puede dejar de leer para aventajar a sus enemigos –contestó Abdul Rahman  intentado despertar el interés del Khan y así salvar el incunable.

 

–¡Un  pozo lleno de tu brujería, querrás decir! Lo puedo ver un tus ojos, en cómo se han abierto cuando lo he tocado, en la llama que ahora mismo está ardiendo en su interior. El Khan todo lo ve, todo lo sabe y ni él ni sus súbditos necesitan de las armas de los demonios que han creado esta abominación, como no las necesitó mi abuelo Gengis Khan, el azote del mundo –el líder mongol cerró el libro y lo lanzó por la ventana cayendo de lleno en el río Tigris, en cuya orilla la biblioteca tenía un pequeño amarre para la llegada por vía fluvial de los sabios, los libros y las mercancías que mantenían vivo al mayor centro de conocimiento del mundo conocido desde que los cristianos quemaron la Biblioteca de Alejandría.

 

-¡No, no, no! –gritó Abdul Rahman ya fuera de sí y con casi dos pulgadas de cuchillo clavado en su costado, sangrando a borbotones sobre el impecable suelo de mármol pulido– ¡Monstruo! –añadió bajando la cabeza, por primera vez desistiendo en su intento para deshacerse de los dos guardianes al ver que los soldados invasores saqueando el centro estaban imitando a su líder como un niño imita a un padre buscando su aprobación. Cientos de libros surcaban el aire despedazándose, perdiendo páginas como un ave pierde las plumas al ser abatida por una flecha certera.

 

Abdul Rahman miró hacia el río y se quedó paralizado al ver las miles de páginas flotando en el Tigris mientras, alrededor, Bagdad se había convertido en una gran bola de fuego. Eones de conocimiento perdiéndose entre las aguas teñidas con la tinta con la que se había registrado el conocimiento que ahora estaba diluyéndose y deshaciéndose en las profundidades.

 

El escriba no pudo contenerse y rompió a llorar. El Khan se dio cuenta e indicó a sus hombres que lo arrastrasen hasta su lado mientras lo observaba entre incrédulo y curioso.

 

-¿Por qué lloras como una mujer? –le preguntó alzándole el mentón con la mano desnuda.

 

-Porque el mundo acaba de retroceder –contestó apesadumbrado, paralizado por el dolor.

 

-¿Cómo? –insistió el Khan sin entender la respuesta.

 

-El reloj de arena funciona a contra natura porque el conocimiento de generaciones se está ahogando en el río –aclaró Abdul Rahman.

 

Hulagu Kahn miró hacia las aguas donde no paraban de caer todo tipo de manuscritos y viejos pergaminos escritos en lenguas casi muertas como la fábula de Gilgamesh, una de las favoritas del escriba, sobre el origen de uno de los pueblos ancestrales perdidos hacia milenios en las arenas del desierto. El Khan se fijó en las enormes manchas negras flotando y fluyendo con la corriente y éstas le parecieron iguales a las de un demonio sin cuerpo.

 

-Están sangrando –dijo en voz alta– ¡Brujería! –exclamó girando la cabeza de repente para observar de nuevo a Abdul Rahman, que lo miraba sin expresión, aún aturdido por el dolor.

 

-No, nada de brujería. Sólo es tinta que ha abandonado a las palabras. Aunque quizás el Khan está en lo cierto, quizás hoy los libros están sangrando...

 

-Un Khan nunca se equivoca –le interrumpió el líder mongol con un tono suave, conciliador–. Y el Kahn siempre sabe lo que es mejor para sus súbditos, que no pueden engañarlo. Ni si quiera con brujería.

 

-No soy un brujo, soy escriba y archivero de la Casa de la Sabiduría. Nada más -insistió Abdul Rahman.

 

-Está bien, comprobemos si eso es cierto. Veamos si sangras negro o rojo –el Khan le hizo una señal al guardián que le había abierto el costado y que, con un movimiento sencillo y sin prisas, pasó la afilada cuchilla de la daga por el cuello del escriba cortándolo de oreja a oreja.

 

-Ríos de tinta –bonita expresión, dijo el Khan jocoso como si hubiera inventado una nueva expresión y sin reparar en que el último escriba de La Casa de la Sabiduría estaba desangrándose en el suelo hasta quedarse blanco, inerte y con una expresión de horror en su cara petrificada.