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Lo que pasa en Helmand, se queda en Helmand

Desde la ventanilla de la avioneta de la Fuerza Aérea de Estados Unidos sobrevolando la llanura desértica de la provincia de Helmand, moteada con islotes montañosos con piedras que incluso desde miles de pies de altura tienen el tamaño de un puño, esta provincia al sur de Afganistán parece un lugar de ensueño, como sacado del libro Las mil y una noches. Desde aquí, la belleza del paisaje te deja más que boquiabierto porque las formaciones rocosas de esta planicie sin fin aparente bien podrían ser los restos de las civilizaciones imaginarias y protohistóricas de los oscuros mitos del Cthulhu, obra del escritor norteamericano H.P. Lovercraft. Y no sólo por su forma sino también por su contenido.  

La región sobre la que el aparato desciende viene siendo el corazón de la guerra desde el año 2007, así como es una de las plazas fuertes de los talibanes que nadie ha conseguido conquistar y a la que los Red Devil [Diablos Rojos], los Leatherneck [Cuellos de cuero], o los Semper Fi [Siempre Fieles], algunos de los apodos de los US Marines estacionados en la base de Shorab, han vuelto para entrenar al 215 Cuerpo del ejército afgano. Las fuerzas de choque de Kabul intentando romper las líneas de los yihadistas.

Si alguna vez existió un agujero negro dentro de la supernova de locura que es esta guerra, eso es esta provincia. La creencia en algún tipo de mano negra sobrenatural o religiosa no es necesaria. <<Los hombres por sí solos son capaces de cualquier maldad>>, escribió el novelista inglés Joseph Conrad. El mayor exponente de esa oscuridad y dientes sudorosos es la guerra, donde la humanidad crece tecnológicamente a la vez que empequeñece su empatía hacia el prójimo. Y eso es precisamente lo que pasa en Helmand, donde el conflicto se ha convertido en una bestia que lucha con igual crueldad por los valores de la democracia, o por el fin de la razón y el advenimiento de una nueva teocracia.  

Desde hace casi diez años, Estados Unidos, la OTAN y el Gobierno afgano han lanzado grandes ofensivas para reconquistar la provincia, pero siempre se han dado de bruces con la resistencia yihadista, por lo que este lugar va camino de convertirse en el Stalingrado de la coalición internacional, cuyas bajas les han obligado a renunciar a cualquier terreno conquistado más allá del que ocupan en las bases militares.  

Si los historiadores describen a Afganistán como el cementerio de los imperios, sin duda, Helmand, es una de las grandes fosas comunes del conflicto. Una en la que han muerto más de 1.000 soldados extranjeros y, por lo menos, esa cifra multiplicada por diez de tropas afganas, como mínimo. El Gobierno de Kabul sigue negándose a facilitar el número de bajas real. Es decir, que son altas, tanto como para darles carpetazo, de momento.

Durante años, esta provincia árida y sin apenas valor estratégico se ha convertido en la picadora del Ejército Nacional Afgano. Sin embargo, el Palacio Presidencial, aconsejado por Washington, no ha rebajado el empeño por conquistar una de las grandes conexiones logísticas entre los talibanes afganos y pakistaníes. En 2015, la capital provincial, Lashkar Gah, estuvo a punto de caer en manos de los insurgentes. Un desastre que hubiese engullido a todo el sur del país y que, según diversos analistas, podría haber sido el principio del fin de la República Islámica y su Constitución del 2004. Pero aguantó gracias a la sangre de las fuerzas de seguridad locales y a sus asesores extranjeros. Y así sigue desde entonces, aguantando y empujando a los talibanes fuera de los distritos que rodean la capital, donde, recientemente, el ejército afgano ha cosechado varias victorias.

¿Qué ha cambiado? ¿Por qué el 215 Cuerpo de ejército ha dado un giro inesperado y es capaz de plantarle cara a su enemigo? ¿Qué papel juegan los marines y sus aliados extranjeros en todo esto? ¿Son las nuevas armas y equipamiento del ejército afgano, como el sistema de drones estadounidense Scan Eagle, las que están marcando la diferencia? ¿Dónde ha nacido la nueva confianza y moral renovada de las tropas afganas, hasta ahora en retirada y a la defensiva? ¿Los recientes triunfos en Helmand, podrán ser exportados a otras provincias donde los yihadistas se han hecho fuertes como Kunduz o Nangarhar? Estas son las preguntas por las que he venido a uno de lugares donde se puede sentir el verdadero pulso de la guerra.

La avioneta aterriza suavemente y nos deja a pie de pista del aeropuerto militar situado junto a la base de los Diablos Rojos en Shorab. Una camioneta blindada blanca nos espera con dos jóvenes marines en el interior, ambos con un bigotito ridículo sobre los labios, gafas de sol, chaleco, fusil y el kit completo para repeler un ataque.

-Bienvenidos a Helmand -dice el que se pone detrás del volante, mientras el otro nos recuerda que, desde ahora, hay que ponerse el chaleco antibalas en todo momento, siempre y cuando no estemos dentro de la base.

Comparado con las infraestructuras mastodónticas que la OTAN llegó a tener en Helmand, algunas como Leatherneck o Bastion con miles de personas viviendo en ellas, la de Shorab es bastante pequeña. Está rodeada por torres y fosos y la principal zona común es una pequeña pista de básquet donde los marines organizan torneos contra el ejército, cuya presencia es menor, aunque eso no hace que disminuya la rivalidad entre los dos cuerpos. La primera noche, antes de que enciendan las fogatas detrás de los barracones donde los soldados se reúnen alrededor del fuego bajo el imponente cielo estrellado afgano, los del ejército le dan una buena tunda a los Semper Fi.

En total, son unos trescientos y vienen de toda la geografía estadounidense. El famoso cuerpo militar es un reflejo de la sociedad norteamericana, sobretodo de las clases más humildes. La singularidad es que entre sus filas no se hacen distinciones por color de piel, raza, religión o diferencias étnicas. Son marines, todos iguales, todos jodidos. Parece mentira que, en una sociedad como la norteamericana donde la integración racial sigue siendo un muro al desarrollo y a la convivencia, especialmente con el nuevo presidente, Donald Trump, al cargo, el pitbull de Estados Unidos, como ellos mismo lo describen, sea uno de los que más respete los valores de la República.

El mundo de los marines se divide en dos partes: el de los oficiales y el de los demás. Los Non-Comissioned Officers (NCO) o grados medios actúan como mensajeros entre ambos y representan la verdadera columna vertebral de su fuerza.

-La cultura propia del cuerpo es muy intensa. Sólo se puede entender si eres un marine -explica sonriendo el sargento mayor Carver, mientras me lleva al barracón del hombre al mando del campo, el coronel Reid.

El oficial nos recibe en su oficina y barracón que contiene un pequeño catre, un escritorio detrás del cual está sentado y en el que destacan varias fotos de su familia, el ordenador con su pantalla y un pequeño árbol de Navidad del que cuelgan unas luces de colores sin encender. Se me había olvidado de que quedan pocas semanas para eso. En la pared, presidiendo la estancia, hay una enorme bandera roja de los marines junto a un mapa de Helmand en el que se pueden ver la progresión de varias operaciones. Cada vez que le pregunto algo se hace difícil no desviar la mirada hacia la carta. El coronel se da cuenta.

-Puedes mirarlo, no pasa nada. Si fuese algo secreto no lo iba a colgar aquí, ¿no crees? -dice sonriendo.

-Lo siento, la curiosidad me ha podido.

-No te preocupes. Son las operaciones que hemos realizado desde que llegamos hace unos meses. Avanzamos, poco a poco, pero como puedes ver le hemos quitado una buena porción de terreno al enemigo -explica, señalando la zona conquistada, alrededor de la capital y marcada en verde.

El comandante de los Diablos Rojos no es un pipiolo recién salido de la academia militar. Estuvo aquí cuando a los marines les venían mal dadas y, para que nos vamos a engañar, acabaron saliendo por patas junto a sus aliados ingleses, aunque éstos lo vienen haciendo en esta tierra desde el siglo XIX, por lo que supongo deben estar acostumbrados. Sin embargo, los marines no se lo tomaron tan bien.

-Nuestra misión es entrenar al ejército afgano, asistir allá donde sea necesario respetando el liderazgo de nuestros aliados y garantizar la protección de la capital provincial, Lashkar Gah -explica el coronel Reid.

-Una misión muy diferente a la de hace unos años… -sugiero.

-Sin duda. Yo estuve por aquí en 2010, cuando los marines eran los que lideraban la lucha. Fue una época dura y de la que aprendimos mucho -añade, bajando un poco la mirada porque ese ‘aprender’ es un eufemismo para decir derrota. Aunque, según la filosofía del cuerpo, ellos no pierden, sino que se reagrupan para seguir luchando.

-¿Habéis venido a acabar el trabajo?

El coronel se ríe, pero enseguida vuelve a la compostura de oficial serio.

-No, hemos venido a ayudar a nuestros aliados a hacerlo.

-¿Eso implica combatir?

-No hemos venido a combatir sino a asistir -insiste. -Pero sí, a veces apoyamos a nuestros aliados afganos participando en operaciones.

Es decir, que combaten. Pero la narrativa de la OTAN y los Estados Unidos es la que es y no lo dice abiertamente.

-Pero si no fuera por los marines, Lashkar Gah podría estar ahora en manos de los talibanes.

-No es ningún secreto que, en 2015, la capital estuvo a punto de caer. Ya sea por falta de liderazgo y apoyo logístico, por el tráfico de drogas en la región o por la corrupción, las fuerzas afganas estuvieron a punto de perderla. Hubiese sido un desastre, por lo que el General Nicholson -el comandante en jefe de la OTAN en el país- nos pidió volver para ayudar y, dada nuestra experiencia en la región, aceptamos el reto.

-¿Cuál es la clave de esta operación?

-Proteger la capital, esa es la prioridad.

-¿Cómo?

-Defendiendo el puente que cruza el río Helmand, el cual es indispensable para los civiles de toda la zona. Es importante recalcar que las tareas de seguridad están en manos de las fuerzas de seguridad afganas -añade, para no contradecir las directrices del Alto Mando.

-¿Están preparadas para eso?

-Sí, por primera vez tenemos aquí una coordinación efectiva entre la policía nacional, el ejército, la policía secreta, la local y la de fronteras. Algo que no sucede en otras provincias, pero que aquí está marcando la diferencia.

-¿Harán falta más tropas en un futuro próximo?

-Más marines no serán necesarios porque volver a combatir no es la solución. Las fuerzas afganas tienen la capacidad y la voluntad para vencer. Éste es su país, nosotros estamos aquí para entrenar y asistir.

Sin embargo, como las victorias en Helmand son muy recientes y sólo un primer paso en una carrera de fondo y minada, el coronel Reid se muestra cauteloso a la hora de vaticinar nada. Conoce esta provincia y sabe que no se puede subestimar a los milicianos talibanes, la mayoría combatientes mucho más experimentados que los marines y los soldados afganos.

-Esta lucha acaba de empezar, somos la primera rotación. Queda mucha guerra por delante -sentencia arqueando las cejas.

-¿Piensa alguna vez en la victoria, si es que ésta existe?

-No sé qué pinta tendrá la victoria, nosotros no nos dedicamos a la política, pero sí sé que nuestro objetivo es destruir a los talibanes para forzarlos a sentarse en la mesa de negociaciones. La victoria aquí es transcendental, no podemos dejar que los grupos extremistas extranjeros que han atacado a occidente vuelvan a echar raíces -finaliza.

Durante los siguientes días y de la mano de teniente Hovarth, el enlace de prensa de la OTAN que nos acompaña en todo momento y que ha organizado este embed, según la terminología anglosajona, acompañamos a los marines realizando ejercicios con sus colegas afganos, enseñándoles cómo desactivar bombas de carretera, limpiar campos minados, estrategias de combate, liderazgo, ataques coordinados de artillería.  

Lo más destacable es un lamentable ejercicio artillero que acaba con un herido afgano, así como la ironía del nombre en la guerrera de uno de los marines, el cual se llama Friendly [Amigable], algo que resulta perfecto para la fotografía del artículo para el periódico español con el que colaboro. Cabe decir que la ironía del nombre va todavía más allá si se tiene en cuenta que el soldado es uno de los ángeles guardianes, que es como llaman a los marines de apoyo que nos protegen en todo momento, así como a cualquier actividad fuera de la base llevada a cabo por su destacamento, con el objetivo de detener los ataques internos, conocidos como Green on Blue [Verde sobre Azul], que, hoy por hoy, son el motivo número uno de las bajas de la coalición internacional. 

También asistimos a una gran reunión y comida entre los dos comandantes que dirigen la guerra en esta parte del país: el general Wali Mohammad Ahmadzai y el general de brigada estadounidense Roger B. Turner. Desde que llegué a Afganistán, en 2008, he asistido a muchos desfiles y reuniones de este tipo. Normalmente, las preparan al milímetro para no meter la pata, pero esta vez no les ha dado tiempo y nos atienden gracias a los esfuerzos de la mayor Kendra Motz, la jefa de prensa de los marines en Shorab.

Pequeña y muy bien parecida, la mayor Motz es dura como Texas, el estado donde nació. El único anillo que lleva en un dedo de la mano izquierda no es el de casada, sino una calavera al estilo motero. Por otro lado, la oficial es dicharachera y hace todo lo que puede para acomodar nuestras propuestas, dentro de lo que cabe. Por eso nos invita al encuentro entre los dos jefazos, cosa que nos da la oportunidad de hablar con el mando afgano porque, de momento, el general estadounidense de mayor graduación por estos lares dice que no tiene tiempo.

El general Ahmadzai dice que la coordinación y la profesionalidad del ejército afgano pronto marcarán la diferencia, mostrándose muy optimista. Demasiado, diría yo, teniendo en cuenta que, desde 2007, aquí sólo se han vivido derrotas. Pero para eso son ese tipo de reuniones, para darse palmaditas en la espalda. Algo que, por otro lado, es necesario. Uno de los principales motivos de las derrotas del ejército afgano en este frente es la pésima moral que hay entre sus filas.

Acabada la entrevista me acerco a la mayor con una intención clara. Sé que hay marines combatiendo, o, al menos, en posiciones donde el ejército afgano combate. Eso es lo que quiero ver, pero me responde, por enésima vez, que no es posible puesto que no hay misiones oficiales de combate.

-Otra cosa es cuando nos atacan y tenemos que defendernos, o cuando tenemos que echar un cable a los afganos -explica, mientras resoplo.

Sin embargo, los marines son lo que son y cuando cae la noche realizan una rotación en la que, todos los soldados debidamente capacitados, pueden mandar un mensaje a los talibanes de Helmand con un mortero de 88mm.

-Así no se les olvida -dice el sargento al mando del grupo que disparará esa noche, sonriendo como Jack Nicholson en la escena del lavabo con el hacha en la mano de la película El Resplandor.

Las posiciones de los yihadistas no se encuentran muy lejos. A tan sólo unos quilómetros hay varias zonas en las que están presentes y que, tras ser localizadas, sirven para que los marines, cada dos o tres días, se desquiten y recuerden a los seguidores del mulá Akhunzada, el líder de los talibanes, que se sienten seguros amparados en la oscuridad y fuera del alcance de los drones, que no olvidan a los más de 300 compañeros que murieron entre 2009 y 2014.

El mortero de 88mm parece poca cosa, un tubo alargado y una plataforma metálica para anclarlo al suelo, pero en cuanto veo el proyectil la percepción cambia porque tienen que sujetarlo con dos manos y es el doble de grande que un balón de fútbol americano.

Estamos casi totalmente a oscuras. La trinchera desde donde lanzarán los proyectiles está lejos de los faros que iluminan el exterior de la base, por lo que la única forma de ver lo que pasa es seguir a las antorchas de cabeza con la luz roja que los soldados llevan en los cascos, pero que apenas iluminan un metro. No va a ser fácil sacar una fotografía del mortero disparando la carga iluminando la noche durante menos de un segundo, quizás incluso capturar el proyectil saliendo, cosa que durante el día se puede hacer, pero que por la noche es agua de otro costado.

Me coloco de pie en la trinchera de atrás, sujetando la cámara con ambas manos para que, con tan poca luz, la instantánea salga lo menos borrosa posible.

-Fuego en la línea, todos preparados -anuncia el sargento.

El artillero del mortero lo ilumina poniéndose al lado del mismo. Un soldado se acerca con el proyectil entre los brazos y se lo entrega. Cuando lo mete en el tubo la espoleta rápidamente choca contra la base haciendo que el proyectil salga disparado, inmediatamente provocando una onda expansiva mucho más potente de lo que me esperaba. Hacía tiempo que no veía un 88 mm en acción. El suelo tiembla y doy un pequeño saltito mientras el corazón me da un vuelco e intento mantener la cámara fija con ambas manos. Unos segundos después se escucha la explosión en la lejanía y los marines se dan la mano, felicitándose. Repiten la operación tres veces más hasta que el sargento sentencia:

-Se acabó lo que se daba.

Mientras los hombres empiezan a recoger las cajas de munición, me doy cuenta de que nadie tienen ni idea de si el morterazo ha alcanzado un objetivo, algo poco probable porque los talibanes saben cavar y evitar sus efectos. Entonces comprendo que esta no es una acción ofensiva sino un simple poner los huevos sobre la mesa, sin tan siquiera alarmarse por el hecho de que están disparando a ciegas.

-Lo que pasa en Helmand, se queda en Helmand -dice uno de los soldados, emulando la famosa frase de Las Vegas, cuando abandonamos la posición.  

Por la noche también seguimos a un grupo de marines recién llegados que estarán de imaginaria en las torres, pegados a sus visores nocturnos y empuñando una ametralladora del calibre 0.50 con la que escudriñan el horizonte en busca del enemigo. Las largas horas y el frío observando la nada enfrente de ellos requieren mucha templanza y nervios de acero. A pesar de que la base tiene unas medidas de seguridad extremas, la tensión del grupo es evidente. Acaban de llegar y ésta será su primera vez en las torres, guardadas durante el día por soldados del ejército de Uganda, del que no tenía ni idea de que andaban por aquí y cuyo oficial, un negro imponente de casi dos metros, se niega a que hable con ellos.

Al día siguiente, el coronel Reid aprueba una patrulla a pie por los campos abandonados Leatherneck y Bastion, el más grande que Reino Unido tuvo en Afganistán, los cuales llegaron a conformar una ciudad militar con más de 40.000 habitantes, entre civiles y militares. Dos mastodontes que ocupaban 6.000 metros cuadrados y cuya construcción les costó más de 100 millones de dólares. De allí partieron, expedición tras expedición, las ofensivas de la coalición para conquistar Helmand. Todas volvieron derrotadas. El 26 de octubre de 2014 los mandos de Estados Unidos y la misión de la OTAN decidieron cerrar el chiringuito. Los campos pasaron a manos del ejército afgano como parte de la transferencia de poder al Gobierno en materia de seguridad y, desde entonces, están abandonados.

Las tormentas de polvo, que en Helmand son como tsunamis de arena que cubren el cielo y se acercan rápidamente engulléndolo todo, se han encargado de darle al lugar un aspecto distópico como en las películas de Mad Max.

La zona impresiona no sólo por su extensión sino porque la mayoría de edificios están tal y como los dejaron. Por supuesto, los soldados afganos que merodean por aquí se han llevado todo lo que tenía valor, pero algunos barracones están casi intactos con sus camas, armarios vacíos con los nombres de los soldados que los ocuparon, pegatinas de los equipos deportivos favoritos y todos los carteles que indican la última unidad que estuvo estacionada, los lavabos con sus puertas donde la soldadesca se desquitaba escribiendo guarradas, trozos de uniformes rotos, botas y mucha basura de lo que un día fueron raciones de alimento.

Las bases son tan grandes que, de vez en cuando, los yihadistas consiguen infiltrarse para forrajear o planear ataques contra el ejército afgano, cuyos contingentes en la provincia no están en estos campos porque sería como ponerle un guante de adulto con gigantismo a un recién nacido. Por eso, antes de partir, el capitán de la patrulla ha reunido al grupo, dos periodistas y siete marines de escolta, en la sala de operaciones, donde, sobre un mapa a escala de la zona, nos ha informado del plan a seguir y mostrado el recorrido, así como las vías de escape en caso de ataque o emboscada.

Conduciendo por las bases desiertas la sensación de malgasto y lucha para nada me hiela la sangre. Pero vale la pena ver a los marines en acción, actuando como los dedos coordinados de una mano, protegiéndose, moviéndose con sigilo entre los edificios abandonados y las zonas quemadas, navegando a través de un vacío aparente y un silencio demasiado silencioso que, cuando estás de patrulla, siempre se traduce en extremar las medidas de seguridad.

Unas dos horas después abandonamos la zona. El sol está empezando a caer y el cielo rojo parece una inmensa barriga abierta en canal. Cuando nos marchamos la escolta empieza a relajarse a pesar de que han venido a correr riesgos a este lugar por nosotros, cosa que queda clara en sus miradas no de reprobación sino constatando un hecho: menudo desastre.

El camino de vuelta a la base de Shorab lo hacemos en silencio, observando este mundo perdido cuyo eco sólo vive en la memoria de los que estuvieron por aquí. Una ruina metáfora de un conflicto que va más allá de la confrontación armada y religiosa porque Afganistán es más que un país, porque esta tierra es un reflejo del alma humana, para bien o para mal.

El hecho de que, oficialmente, los marines no lleven a cabo misiones de combate terrestres como las que hacían hasta 2014 desde ese campo, donde sus efectivos llegaron a alcanzar los 15.000 hombres, no significa que, desde el aire, los Diablos Rojos no puedan poner su experiencia al servicio de matar combatientes talibanes con un arma que esperan cambie el rumbo de la guerra en Helmand: los drones. Pero esto todavía está por ver.

En la base de Shorabak, contigua a la de Shorab, donde está estacionado parte del ejército afgano, la visión de águila de los aparatos estadounidenses operando sobre los cielos de Helmand se ha convertido en la peor pesadilla de los milicianos talibanes. Los permisos tardan en llegar, pero el comandante de la base por fin accede y visitamos una de las salas de guerra de la operación Scan Eagle, el nombre oficial, la cual se encuentra en dos edificios situados un área restringida rodeada por vallas y una seguridad robusta, compuesta por una docena de los ángeles guardianes de los marines.

Dentro del recinto hay dos salas y varios despachos. La mayor es la sala de mapas y sirve para el movimiento y coordinación de tropas. La más pequeña es el corazón de la operación. Allí, en apenas 50 metros cuadrados, se agrupan más de una docena de soldados y técnicos civiles norteamericanos junto a sus aliados afganos, todos apretujados en varios sofás delante de mapas, pantallas de televisión y monitores mostrando las posiciones de las tropas, de los enemigos, de las operaciones en curso, de los drones y de los aviones y helicópteros disponibles para llevarles la muerte desde los cielos. El sistema Scan Eagle es una parca silenciosa y cobarde según los estándares de la guerra napoleónica, pero a quién le importa si, al fin y al cabo, la misión de estos hombres es eliminar a su enemigo.

-Podemos ver hasta en el interior de un vehículo como el de las imágenes -indica el mayor Abdul Wakil Aryan, subcomandante afgano en la sala, señalando hacia uno de los monitores en el que, entre cifras de todo tipo a ambos lados, se ve un vehículo con varias personas dentro.

-¿Me puede describir lo que sucede aquí?

-En este centro llevamos a cabo operaciones militares contra objetivos insurgentes coordinando ataques aéreos y movimientos de tropas.

-Operaciones de combate -digo, mientras miro a los norteamericanos que hay en la sala: un coronel entrado en años y su asistente, un capitán y dos ángeles guardianes que llevan uniformes del ejército. También hay varios oficiales afganos de alto rango y civiles estadounidenses de la empresa privada que construye los drones.

-En efecto. La precisión de este sistema de batalla es increíble. Lo puedes ver tú mismo -añade, señalando al mismo monitor en el que se puede ver que los hombres dentro del vehículo están armados.

-La resolución es increíble -respondo, hipnotizado por lo que sucede en la pantalla como si fuera un programa de telerrealidad.

-Sí, es un sistema muy bueno. Ves, tienen dos granadas RPG y lo que parecen dos o tres fusiles de asalto AK47.

El vehículo se detiene y los individuos salen para entrar en una pequeña granja alrededor de la cual sólo hay tierra árida y dos o tres construcciones de adobe. Casas de civiles, seguramente.

-Ahora se han refugiado en los aledaños de una aldea, por lo que no podemos llevar a cabo el ataque aéreo. De momento los seguimos, así nos llevarán a su búnker -explica sonriendo porque en cuanto desvelen su escondite éstos habrán firmado su sentencia de muerte. Tienen los minutos contados y ni siquiera lo saben.

-¿Han cazado a algún comandante talibán o normalmente son combatientes como los que aparecen en los monitores?

-Por supuesto, ayer mismo este sistema fue fundamental para matar en el distrito de Mussa Qala al mulá Shah Wali -explica hinchando el peso inmensamente satisfecho. Ese representante de Dios en la tierra y sacerdote musulmán era el jefe de la temible Brigada Roja yihadista, así como vicegobernador talibán en la provincia.

-Vaya, un pez gordo.

-Sí, lo era. Por fin, con este sistema podemos llevarles la delantera.

Los operadores del ejército afgano han aprendido a utilizar los drones con maestría, según indican sus instructores estadounidenses. Pero…

-¿Significa esto que en un futuro próximo podréis luchar solos en Helmand?

-La tutoría de nuestros aliados en la utilización del sistema de drones sigue siendo crucial para el desarrollo de las operaciones. Todavía tenemos mucho que aprender, a pesar de que ahora nuestros soldados se sienten mucho más seguros sabiendo que el cielo es su aliado.

Más claro el agua. Sin embargo, después de haber pasado unos días con los soldados del 215 del ejército afgano, dudo que esta conquista de los cielos haya cambiado mucho las expectativas del soldado raso que se pudre en los puestos avanzados de primera línea por menos de doscientos dólares al mes.

En la parte posterior de la sala está el cerebro de la bestia: dos grandes mesas con una decena de terminales y computadoras interconectadas con las que se controla el vuelo de los drones y la coordinación de los objetivos. Uno de los hombres de la empresa privada estadounidense supervisa al piloto afgano, que tiene más pinta de joven enganchado a los videojuegos que de soldado aguerrido.   

-Nunca se lo esperan, nunca lo ven venir. Ahora están y ahora ya no -comenta uno de los contratistas responsables del mantenimiento del sistema, con una sonrisa malsana.

-Así de simple -respondo, un tanto irónico.

-Están teniendo un éxito inesperado -continúa-, el ejército afgano se ha adaptado muy rápido.

Al otro lado de las mesas, el mayor Abdul discute con uno de los asesores de los marines sobre la mejor opción para acabar con los yihadistas que acabamos de observar en el monitor, los cuales se han puesto en movimiento hacia un pequeño edificio de adobe, quizás un lavabo exterior, al lado de la casa.

-La localización del búnker de los terroristas está confirmada. Vamos a llamar a los cazabombarderos para que se ocupen de ellos -oigo decir al comandante.

Las pantallas muestran un mapa con las coordenadas del escondite mientras otro monitor retransmite las imágenes del dron que observa la caseta a las afueras de Lashkar Gah. Tres hombres entran.

-El búnker está ahí, no hay duda -añade el mayor Abdul.

A pesar de que los combatientes han dejado las armas en la casa, o al menos yo no las veo, los operadores del Scan Eagle ya tienen un objetivo claro. Lo siguiente es actuar rápidamente para neutralizarlo. En el pequeño rincón para la radio un operador afgano instruye a los hombres sobre el terreno, dos vehículos militares del tipo Humvee armados hasta los dientes que se pueden ver en otro monitor, para que se mantengan al margen y evitar así bajas por fuego amigo.

El mayor Abdul se pone al teléfono y habla directamente con la base aérea en Kandahar, donde están estacionados los aviones de combate de la coalición y sus aliados afganos.  

-¿Todo bien? -le pregunta el consejero militar de los marines.

-Todo en orden, han despegado. Tardarán unos 20 minutos -responde complacido.

Seguidamente, ambos se sientan en el sofá y observan en silencio la progresión de los aparatos en el aire siguiendo atentamente a los dos puntos azules que acaban de aparecer en la pantalla con sendos logos en forma de avión que, poco a poco, avanzan hacia su objetivo.

Pasados los minutos, yo diría que menos de veinte, los cazabombarderos de la Fuerza Aérea estadounidense se presentan en el lugar indicado y sueltan su carga. En los monitores la pequeña casa de adobe desaparece bajo una nube de polvo. Las bombas de penetración acaban también con el bunker, en el que se producen varias explosiones secundarias. La muerte les ha llegado y ni se han enterado, tal y como había dicho el contratista. Los militares y civiles en la sala ríen y se dan la mano.

-Otro éxito de nuestras fuerzas -comenta el mayor Abdul. -Nada de esto sería posible sin la ayuda de nuestros aliados. Son fundamentales. Desde que llegaron hace unos meses nuestras operaciones y determinación son inquebrantables.

-¡Gracias a vosotros! -responde el oficial estadounidense.

-Y sin bajas civiles, que es lo importante -añade el Mayor, dirigiéndome una mirada para cerciorarse de que me he enterado.

Las muertes de civiles a consecuencia de los ataques aéreos son uno de los motivos que levantan mayor animosidad entre la población y sus defensores, ya sean afganos o extranjeros. En ocasiones, el todavía todopoderoso ex presidente afgano, Hamid Karzai, ha movilizado a las masas pidiendo la salida de las tropas extranjeras debido a un ataque aéreo en el que murieron inocentes.

Salimos de la estancia y nos dirigimos a la sala de mapas y coordinación de tropas, donde hablo con el oficial estadounidense al mano, el mayor Kaiser

-La clave del cambio fundamental que se ha producido en las operaciones del ejército afgano, especialmente desde la ofensiva de 2015, es la rapidez con la que se han adaptado a nuestros sistemas -explica.

Un apoyo que no sólo los ha llevado a asegurar la capital provincial, sino que también ha expulsado a los yihadistas de distritos clave que amenazaban el control de Kabul sobre las arterias comerciales de la provincia, asimismo vitales para el transporte de tropas a través del sur del país. Porque, sin Helmand, no hay Afganistán.

-¿Cuáles son vuestros objetivos?

-Estamos aquí para garantizar una buena coordinación entre las tropas y dar apoyo en las labores de evacuación de los heridos. Eso es muy importante porque refuerza la moral de los soldados combatiendo cara a cara contra los talibanes, así como es fundamental para llevar a cabo maniobras militares con exactitud. Por otro lado, también garantizamos que, llegado el momento, el ejército afgano pueda ordenar el apoyo aéreo necesario para que sus operaciones sean un éxito.

-Entrenar y asistir -digo mientras tomo notas. Levanto la vista y el mayor me mira con una sonrisa. ¿Quizás ha sonado a ironía?

-Eso es… Como puedes ver hemos llegado a un punto en que nuestros aliados empiezan a operar con independencia -indica, señalando hacia el ala derecha de la sala donde una decena de oficiales nacionales se afanan sobre una multitud de mapas y teléfonos, marcando posiciones y respondiendo a las llamadas desde el frente.

-¿Cuánto crees que durará la misión, esta vez?

-No lo sé, pero cuanto más rápido aprendan, antes nos marcharemos. Por eso ahora dejamos que sean ellos los que lleven el peso de las operaciones. Ésta es su guerra -concluye.

Al día siguiente, horas antes de marcharnos en el mismo jet privado propiedad de la OTAN que hace de puente aéreo entre la base de Shorab y el aeropuerto militar de Kabul, la mayor Motz nos informa de que el general Turner por fin ha aceptado una entrevista en su cuartel general de la base. Ayer, el fotógrafo australiano que me acompaña le hizo una foto magnífica en la barbería mientras le cortaban el pelo blanco rasurándolo al estilo jarhed, o cabeza de bote, que es otro de los muchos apodos que tienen los marines.

El General de Brigada Roger B. Turner es uno de esos soldados que dejan huella. Un hombre de estatura y fornido que viste con un uniforme austero, a pesar de ser la cabeza pensante de la misión de los marines estacionados en Shorab, así como de la coordinación, el entrenamiento y la estrategia de combate para el ejército afgano. La mano que mece la cuna y en cuya oficina cuelgan dos banderas. Una del cuerpo de marines y otra más grande, la cual es un suvenir de guerra: la bandera del puesto de mando de los talibanes del primer distrito reconquistado desde que sus marines volvieron a Helmand.  

-Un regalo del que estoy muy orgulloso -comenta este veterano de Irak, donde sirvió con el ahora Secretario de Defensa, Jim Mattis, apodado ‘perro rabioso’ y también un marine de los pies a la cabeza.

-¿Cuál es la fuerza real de sus hombres en la provincia comparada con la de tiempos pasados? -pregunto, un tanto acobardado por su mirada intensa, desafiante.

-Ahora no tenemos el mismo poderío militar. En Helmand llegamos a tener 20.000 marines -explica el general, que también es veterano de Afganistán, donde sirvió entre 2011 y 2012.

-¿Cuál es la clave para que esta nueva presencia no acabe como las otras? -añado, dándome cuenta de que acabo de sugerirle la palabra derrota.

-Lo crucial es trabajar con nuestros socios del Gobierno afgano y con la coalición internacional. Por otro lado, gracias a nuestra asistencia la confianza de las tropas afganas ha aumentado. La calve de todo ha sido el liderazgo y la actitud del General Wali Mohammad Ahmadzai, que ha sido implacable en luchar contra la corrupción y asegurarse que sus soldados se sienten respaldados -responde, sin inmutarse.

Las siguientes tres preguntas las realizo como una ráfaga de metralleta no sólo porque la presencia del general me intimida, sino también porque la mayor Motz nos indica con un gesto de muñeca que hay que ir terminando. El avión que nos llevará de vuelta a Kabul está a punto de llegar y, como cualquier piloto que se precie, contra menos se esté en las pistas del aeropuerto de Kandahar, mejor.

-¿Qué está haciendo para detener prácticas criminales como la utilización de niños esclavos sexuales por parte de las fuerzas de seguridad afganas, que han sido denunciados por organizaciones como Human Rights Watch, la utilización de niños soldados o la corrupción al más alto nivel en las filas del ejército afgano?

-Desde que llegamos hemos hecho hincapié en que debe reinar el imperio de la ley, por lo que las tropas afganas tienen y deben ser responsables de sus acciones. Somos conscientes de que este tipo de crímenes suceden, pero puedo asegurar que el general Ahmadzai ha tomado medidas extraordinarias para acabar con esas prácticas en contra de los derechos humanos.

El tiempo se agota. La arena del reloj se desvanece cuando el general se levanta y da la entrevista por terminada. Es evidente que la última pregunta no le ha gustado.

-¿Cuáles son las claves para conseguir el éxito en esta batalla? -pregunto, mientras nos damos la mano de camino a la puerta.

-La transparencia y la integridad -concluye con la voz firme.

Pero eso sólo el tiempo lo dirá. Lo que está claro es que para que Kabul no pierda el control de la capital de la provincia de Helmand sigue necesitando a la soldadesca norteamericana, la misma que se refiere a este lugar como ‘Hell, man!’, un juego de palabras cuya traducción reza: ¡El infierno, hombre!

Campo Shorab, base de los US Marines – Helmand, diciembre de 2017

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