Concurso cuentos sobre Libros
Los piratas del papel Por Amdor Guallar - 999 palabras

El plan para el atentado estaba claro y acordado. Los cuatro miembros del Comando del Ejército de Liberación Anti-Digital, que por fin iba a llevar a cabo una acción más allá de los panfletos y las charlas en los bares de la Universidad Complutense, permanecieron en silencio unos segundos, saboreando el momento.

 

-Ahora sólo queda aprobar el comunicado, mandarlo y todos a sus puestos. ¿Entendido? –dijo firmemente Buenaventura, el líder de la joven manada revolucionaria, poniendo las manos sobre la mesa donde un mapa del edificio a atacar, sujeto por cuatro vasos, mostraba el plan dibujado paso por paso–. Leo y si hay alguna objeción levantad el brazo –añadió mirando con semblante profundo primero a Ricardo Aguirre, estudiante de Sociología y el intelectual del grupo, vestido de pies a cabeza de El Ganso y al que apodaban El Señorito. Luego a María Uysún, acabando un Master en Resolución de Conflictos, la idealista y soñadora de salón, engreída y sabelotodo ataviada con dos pendientes con la efigie del Che. Y, finalmente, hacia Raimundo, un aragonés mañoso pero de aspecto tosco, estudiante de Telecomunicaciones y encargado de colocar los artefactos explosivos fabricados por el propio Buenaventura, estudiante de último año de Ingeniería Mecánica–. Por la presente... –el líder se aclaró la garganta–. Por la presente –repitió ahora con un tono grave– a los trabajadores y trabajadoras, a todos los pueblos oprimidos por el Estado Digital, a la juventud combativa y los amantes de la mística del Papel, madre verdadera del libro y conexión real con sus palabras –el líder volvió a mirar a los presentes, que no parecían tener objeciones–. El pasado 15 de Marzo el Comando Madrid de nuestro grupo, el Ejército de Liberación Anti-Digital, llevo a cabo una acción con seis cargas explosivas que explotaron diez minutos antes de medianoche en los servidores que la empresa monstruosa conocida como Amazon tiene a las afueras de la capital, donde los propietarios esclavistas del gigante digital tenían emplazados las cárceles conteniendo toda su infame y robótica biblioteca digital en castellano. El libro de Papel es el único libro verdadero. Si éste desaparece, todos lo haremos. Por ello, empieza nuestra lucha armada. ¡Salud y Victoria!

 

Tras unos segundos, en los que nadie dijo nada, Buenaventura hizo ademán de dar la reunión por finalizada pero el aragonés alzó el brazo, como si todavía estuviese en clase.

 

-Bueno, está la cuestión de cómo vamos a hacer llegar el mensaje. Por carta, es evidente –dijo Raimundo adelantándose al comentario de María Uysún, que se quedo con la boca abierta–. El problema es que hoy es viernes, son las 16.04 –añadió mirando su reloj de pulsera para ser exacto– lo que significa que si mandamos las cartas en 45 minutos, y teniendo en cuenta que empieza el fin de semana, bueno, hasta el jueves que viene, como mínimo, no llegarán a destino. ¿Correros tarda de cuatro a cinco días laborales, verdad? Además, ¿alguien sabe en que calles quedan buzones?

 

-Joder –exclamó El Señorito bajando la cabeza. Y el grupo volvió a rumiar en silencio.

 

-El suspense será nuestra arma de destrucción masiva. Si los medios no tienen la carta hasta el lunes se volverán locos de especulación. Enjambres de tertulianos sedientos por opinar. Proyecciones de cada detalle, bombo y platillo y una cobertura de primera página. Sí –se dijo en voz alta– el suspense será nuestro aliado. La operación sigue en marcha –concluyó mirando a los presentes buscando un resquicio de duda en sus ojos para anticiparse a cualquier traición–. En cuanto a los buzones, no se me ocurre otra solución que utilizar las armas del enemigo contra sí mismo. Hay que hacer un Google.

 

Los cuatro integrantes del comando se miraron consternados. Tres de ellos llevaban  viejos Nokia de primera generación. El teléfono sólo para llamar y recibir mensajes, esa era la ley que se habían impuesto para sentirse parte del movimiento que habían creado. Para qué sino existen las leyes. El único exento era Raimundo que, gracias a los estudios en telecomunicaciones, había conseguido un permiso aprobado en votación para que espiara las entrañas de la bestia digital, tal y como había argumentado el día en que los otros tres quemaron sus iPhone en una barbacoa de la casa de invierno que los padres de El Señorito tenían cerca de Formigal.

 

-Según el GPS nuestra mejor opción es este buzón –explicó Raimundo enseñando la pantalla del celular para rápidamente volver a clavar la vista en el aparato.

 

-Excelente –dijo Buenaventura–. Entonces, ¿todos de acuerdo?

 

-Adelante con el plan –dijo El Señorito.

 

-Por los libros –exclamó María Uysún.

 

Raimundo aún tenía los ojos clavados en el teléfono, pero enseguida se dio cuenta de que era su turno.

 

-Sí, por supuesto –dijo finalmente apagándolo– vamos a joder a esos cabrones avariciosos.

 

Tras limpiar el lugar del encuentro para no dejar rastro, el autodenominado grupo salvador del libro se puso en marcha. Salieron a la calle, ya caída la noche, para dirigirse al vehículo de Buenaventura, con el que éste los llevaría a sus posiciones, caminando escuchando el sonido de sus pasos hasta llegar al Wolkswagen Golf de 2004 que el jefe del grupo había heredado de su madre. Buenaventura desbloqueo las puertas y los cuatro entraron en silencio. El comandante metió la llave en el contacto.

 

-Estoy muy orgullo... –y la giró activando el explosivo adherido en los bajos del vehículo que lo convirtió en una bola de fuego y un trueno que reventó los cristales e hizo saltar todas las alarmas en un radio de dos kilómetros.

 

Inmediatamente después, el observador del recientemente formado Comando para la Salvación de los Árboles, situado a dos bloques de distancia, twitteó una imagen de la explosión y un texto reivindicando la muerte de los asesinos de la naturaleza, según los describió. En cuestión de segundos, hizo llegar el mensaje al mundo entero par que éste supiese que, gracias a ellos, la amenaza sin nacer de los piratas del papel había terminado.