Concurso cuentos de Navidad de
Maldita Navidad del 37 Por Amador Guallar - 1000 palabras
Tropas Republicanas (izquierda) y Nacionales (derecha) en las trincheras nevadas de la batalla de Teruel - Foto: Anónima

"Maldita Navidad del 37, así titularé mis memorias si no me congelo primero", maldijo el miliciano Ernesto Cava, con sólo unos pocos meses de trinchera en sus entrañas, acurrucado en un agujero excavado en la pared del Parapeto 75, a las afueras de Teruel, cubierto con una manta pero tiritando, sujetando el fusil Máuser de 1905 entre sus piernas escuálidas.

 

"Denegado, miliciano Cava", ladró el comandante Nimeo, a unos pasos de Cava, de pie, intentando calentarse con el fuego de una estufa enana. "La Navidad es un invento capitalista para mantener a los pobres contentos. Una ensalada rusa con demasiada mayonesa para el cerebro”, añadió mirando fijamente hacia la cara azulada y blanquecina de Cava, que tardó unos segundos en responder.

 

"Los rusos son comunistas, así que supongo que, con o sin mayonesa, su ensalada es buena para la sesera?”, ironizó buscando la sonrisa de Nimeo, pero éste sólo le devolvió su cara más agria.

 

"Rapaz, te estás congelando, ¿verdad? Ven… entrarás en calor seguro", respondió Nimeo seriamente.

 

"Hoy es Navidad, comandante".

 

"Ya estamos otra vez con la palabrita de los cojones. Muy bien, pues como es Navidad les vamos a dar una sorpresa a los hijos de puta Nacionales de en frente. Una visita inesperada", añadió sacando lentamente su cuchillo de caza del cinto, observando el relucir de la hoja limpia. "Con regalos", añadió. "Y tú...tú te vas a venir conmigo, ¿te parece?", volvió a mirar hacia Cava y de ahí a los tres milicianos que se estaban equipando para la patrulla. "¿Nos hace falta un pastorcillo para el pesebre, verdad?"

 

Los tres combatientes se rieron y uno de ellos, al que apodaban El Sucio por razones obvias, lo miró con una compasión fría, como si, de repente, le hubiese alcanzado el rayo de una memoria de otra vida, cuando la guerra sólo estaba en los periódicos y no en las calles de toda España.

 

"¡Levántate y camina!", ordenó Nimeo parodiando las palabras de Jesucristo.

 

El cuerpo de Cava tardó unos segundos en reaccionar, estaba agarrotado como un chorizo seco. Esa idea le dio un retortijón y, durante un segundo, olvido el frío para recordar que también estaba hambriento.

 

"Maldita Navidad del 37, definitivamente el título a escoger", murmuró levantándose con el fusil en la mano y recordando, en ese instante, el cuaderno que estaba en su regazo y que salió disparado cayendo a los pies de su compañero Javier, que lo recogió y se lo quedó mirando.

 

Cava quería viajar y escribir sobre sus aventuras, como Alejandro Dumas, su autor favorito. A los soldados les decía que un día sus palabras les haría vivir para siempre, pero el anís del mono barato y la crueldad no son compañeros de la memoria, por lo que la mayoría de milicianos se reían de él. Los hombres de primera línea no habían sobrevivido a la batalla gracias a los libros.

 

"No seas idiota", le dijo Javier, reemplazo veinteañero que, gracias a una herida en 1936, al principio de la guerra, se había ganado el respeto de los veteranos, a pesar de que nunca había visto combate. Un carro le había destrozado las pantorrilla derecha en una barricada de Barcelona, pero en el hospital había mentido al doctor con una batallita, a lo que el médico respondió irónicamente, sí, claro. Pero así había constado en su expediente y, gracias a eso, los meses de convalecencia habían estado llenos champán y putas, a pesar de que muy pocas se atrevían a ejercer bajo la mirada inquisidora de las milicianas de la FAI.

 

"Asegúrate de que el fusil no está encasquillado con la helada. Carga y descarga y deja los garabatos para después", dijo Javier con una sonrisa honesta. “Yo te lo guardo para cuando vuelvas”, añadió y, sin saber muy bien por qué, Cava asintió.

 

"Claro, que te crees, ya lo sé…. Cuídalo bien", añadió Cava precipitadamente mientras intentaba atarse la cartuchera andando a trompicones siguiendo a los hombres, todos preparados para saltar el parapeto hacia tierra de nadie.

 

“Cada tres minutos, le indicó Nimeo”. Las bengalas y los francotiradores de las posiciones de los fascistas, a unos 200 metros, eran su peor enemigo.

 

Cuando fue su turno contó despacio y salió y corrió y entonces sus ojos detuvieron  sus piernas. A medio metro, atrapado en la alambrada, la cara de la muerte. El cuerpo de un soldado nacional con la carne negruzca, podrida aunque intacta excepto la cabeza, donde una calavera limpia y blanca parecía estar… ¿sonriendo?, anotó mentalmente, satisfecho.

 

En ese instante, Pedro Laguna, tirador de primera de la Legión que se había alistado en 1930 para evitar vivir en la calle tras perder el trabajo en una granja de Sevilla, reconoció el perfil y su dedo no dudó un segundo. El rifle Gewehr 98, obsequio del ejército alemán, no falló. Un tiro directo en la azotea.

 

En la media hora que les llevó volver al parapeto para intentar salvar al pipiolo, Cava despertó en dos ocasiones. La primera fue justo después, tendido en el suelo como un juguete roto. La segunda, cuando lo empujaron dentro del parapeto con un despertar breve y sintiendo el peor dolor de cabeza de su vida, paralizado.

 

"Maldita Navi...", masculló con la boca llena de sangre y, durante unos segundos, se vio fuera de su cuerpo, tendido en la nieve, dentro de la trinchera, rodeado por desconocidos pero sintiendo una mano, ¿la mano de mamá?, pensó, y una extraña niebla lo cubrió todo para, de repente, sumirse en la oscuridad.

 

Poco después, cuando su cuerpo ya estaba frío y terso y sin un paraíso comunista al que ir, Javier se acercó al cuerpo, compungido, verdaderamente asustado por primera vez en su vida. Metió el librillo en el bolsillo de la guerrera de Cava y se alejó acongojado, sin pensar que acababa de condenar las palabras del joven miliciano a pudrirse junto con su cuerpo, bajo el suelo congelado de Teruel, por lo que nadie leería jamás sobre la vida de los hombres del Parapeto 75.