Concurso cuentos de Navidad de
Siete Segundos Por Amador Guallar - 991 palabras
Un soldado norteamericano patrullando por las calles de Sharana, Paktika, Afganistán (c) Amador Guallar/Hans Lucas

"Sargento, hace un frío de cojones. Permiso para acercarme a la estufa", preguntó el soldado de primera Adams mientras miraba un calendario de diciembre de 2008 adornado con un dibujo de la Estatua de la Libertad cubierta de nieve.

 

"Denegado, el dedo en el gatillo y la vista al frente. Estamos de guardia", sentenció Schultz, hierático, haciendo alarde de sus 12 años de servicio, frotándose las manos junto a una estufa de aire caliente. Las eléctricas, con su intensa luz naranja, estaban prohibidas en la torre de observación 17 comandada por las tropas norteamericanas en la base Sharana, establecida por la Coalición para proteger a los civiles y acabar con los talibanes de la provincia de Paktika, al este de Afganistán.

 

Delante de ellos y más allá de la pequeña ciudad el paisaje árido y duro parecía plano, pero en realidad escondía un sin fin de terreno escarpado hundiéndose en la tierra creando pasos y caminos naturales dentro de la roca. Un paraíso para el corredor de hombres, armas y heroína de los yihadistas.

 

"Suerte que es Navidad", murmuró Adams claramente enojado pero con un sonido enclenque, sumiso, cobarde, por lo que sargento sólo pudo intuir la última palabra.

 

"¿Navidad, has dicho?", exclamó. "Ahí fuera ni Cristo ni leches. Sólo hay sitio para su Profeta", añadió resentido. Hacía dos días que una bomba de carretera había hecho trizas a dos de sus soldados, que vivieron, pero uno había perdido ambas piernas y el otro las piernas y un brazo. Trozos de carne sin sentido, preferiría morir, se dijo.

 

"¿Cuándo llegará el café?, continuó Adams con tono conciliador, mirando por la mirilla del fusil de francotirador Remington M24, observando a dos hombres tomando el té en un tenderete montado en la acerca de la calle. Casi no circulaba ningún vehículo. A las seis de la mañana la porción de la ciudad de Sharana en su perímetro solía estar tranquila.

 

"Llegará cuando el ejército decida que llegue y hasta entonces vista al frente. A Hall y a Constanza los hicieron pedazos pasando por un pueblo amigo", gruñó. "No te puedes fiar de nadie. Llevo aquí más de un año y hasta he visto a niños suicida reventarse para acabar con nosotros", dijo Schultz bajando la cabeza. Era verdad y ese recuerdo le horrorizaba.

 

"Hijos de puta…. no sé si preferiría morir a quedarme lisiado", añadió Adams, quieto, observando por la mirilla el transitar de un camión transportando fruta, sintiendo la temperatura bajo cero en lo más profundo de sus huesos.

 

"¡Suficiente, el dedo en el gatillo!", interrumpió el sargento que se revolvió en la silla volcando una botella de agua a sus pies, la cogió y no pensó en el contenido derramado en los escalones metálicos que daban a la puerta.

 

Se hizo el silencio, el sol estaba saliendo y ahora los segundos eran horas y los minutos días hasta que, de repente, la puerta se abrió dejando entrar una terrible brisa helada, y pudieron oler el café negro y cargado. Por fin, los reemplazos habían llegado.

 

Su misión para el 24 de diciembre de 2008 había terminado. He sobrevivido otro día, pensó Schultz. Ya era hora, seguro que en la cantina hay cerveza, es Navidad, pensó Adams.

 

El sargento Miller, que entró primero cargando el café, no podía haber previsto el agua congelada en los escalones y, al pisar sólo con la punta de la bota, resbaló catapultando el líquido caliente hasta la espalda de Adams, que gritó al sentir la inesperada quemazón y no pudo evitar apretar el gatillo.

 

"Descarga accidental en la torre de observación 17, sin novedad, al aire y fuera de la zona civil", Schultz se apresuró a repetir dos veces apretando el botón de la radio que llevaba colgada en el pecho del chaleco antibalas.

 

"Recibido, procedan con cautela", respondió una voz diluida por la estática del aparato.

 

"¿Hacia el aire, verdad, Adams?", le recriminó Schultz.

 

"¿Pero sargento?", respondió Adams tocándose la espalda empapada.

 

"Sargento Miller, ¿está usted de acuerdo?", añadió serio.

 

"Si... hacia el aire", confirmó Miller.

 

"Bueno, pues decidido y confirmado y no se hable más", sentenció Schultz.

 

El cambio de guardia se llevó a cabo sin novedad y el incidente pasó a ser otro recuerdo de Afganistán, sin tener en cuenta que todo lo que sube baja, especialmente las pequeñas píldoras asesinas de 55mm del M24, revestidas de metal y con la punta afilada, que descienden como un meteorito.

 

Hacía años que Roxana, en plena adolescencia y con unos ojos preciosos verde intenso, iba al colegio a la sesión de las seis y media de la mañana, evitando así a los hombres adultos y su fijación con pedirla en matrimonio. Ella quería estudiar, le decía a sus padres, los cuales preferían encontrarle marido.

 

Hacia un frío intenso que casi agrietaba los huesos pero Roxana sonreía, el invierno era su aliado. La helada mantenía en sus casas a los cincuentones buscando segundas y terceras esposas.

 

Ella no pensaba en casarse pero envidiaba a las mujeres que lo estaban porque podían llevar el tradicional burqa azul, que las protegería, y por otro lado solucionaría el asunto de las idas y venidas desde la Facultad de Medicina, su sueño, si encontraba un marido que estuviste de acuerdo.

 

Casarse con alguien que apoyase su educación era su única salida, y así se lo había dicho a su madre que ya había empezado a hablar con familias capaces de pagar una buena dote.

 

Roxana caminaba resuelta fantaseando que el elegido se parecería a Salman Khan, la estrella de Boollywood. Miró hacia el cielo, como pidiendo un deseo, escuchó un breve silbido y, de repente, se desplomó llevándose las manos al cuello, intentando taponar la sangre saliendo a borbotones, con los ojos abiertos, sin aire, sin fuerzas, sin color y, finalmente, sin aliento, siete segundos después de que la asesina de 51mm saliese del cañón de Adams, besase el cielo y se precipitase hacia la tierra como carta de presentación del infierno.