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Una mañana de miércoles en Kandahar

La punta del lápiz de ojos negro se deslizó por su párpado inferior con vigor y contención hasta llegar al borde de la carúncula, inflada y enrojecida por la falta de sueño. Dejó el delineador en un vaso lleno de cepillos y se paró en seco, observando su reflejo esperando a que éste le dijera: <<quédate en casa>>. Sin embargo, no pudo evitar una sonrisa furtiva, agazapada tras las mejillas, que dobló sus labios haciendo brillar el carmín rojo bajo el haz de luz de las bombillas del tocador del lavabo.

-Rahila, me marcho -dijo Mahdi, su marido, detrás de la puerta, mientras ella seguía quieta, ahora perdida en sus ojos marrones y moteados con unos intensos aros verdes, como si los iris fuesen fotos aéreas de los oasis del cercano y despiadado desierto de Rigestán. -¿Estás bien? -insistió.

-Terminando de maquillarme, nos veremos esta noche, querido -respondió, parpadeando por fin y fijándose en las arrugas de las comisuras de los labios que no deberían estar ahí, no a los treinta, y que la gruesa capa de maquillaje no había conseguido disimular.

-Inshallah -masculló Mahdi, alejándose. Poco después Rahila escuchó el portazo del coche, el chirrido metálico de la apertura de la puerta del jardín donde cada noche aparcaban el vehículo para evitar las bombas lapa, y el motor rugiendo y perdiéndose en la calle.

-¿Estás bien? -murmuró Rahila, abriendo la puerta del lavabo como un torbellino para salir al comedor frunciendo el ceño con una mueca de asco.

Desde la graduación en la Academia de Kabul esa pregunta recurrente era como un cuchillo de hoja triangular, para que la herida nunca cicatrice, punzando su orgullo grandilocuente y obligado a vivir como un ratón en una caja fuerte. Pero vivía y seguía creciendo a pesar de que también ella tenía que meterse en una caja de caudales, una hecha de algodón azul barato, para seguir respirando.

Observó su bolso de piel, abierto y revuelto, encima de la mesa. Confiaba en su marido, pero no en su habilidad para evitar otro día entero sentado en el café discutiendo sobre cómo salvar al país de sí mismo. Lo cerró de un manotazo, se puso el abrigo colgando de la silla y se dirigió hacia la puerta donde, amarrado de un gancho junto a la ventana, le esperaba el burka del color del cielo que no podía ver cuando lo llevaba puesto.

La rutina, aunque te juegues la vida, es un ritual de lo habitual que amansa a cualquier demonio. La repetición alternada era el secreto de Rahila para superar el miedo que sentía cada vez que salía a la calle. Desde el felpudo hasta la parada de taxis compartidos había tres rutas posibles y cada día tomaba una distinta, siempre fundida en la marea azul que desfilaba por las calles.  

Dentro del vehículo apenas pronunciaba un par de palabras a través de la rejilla de tela que servía de respirador y catalejo. Y nunca, bajo ningún concepto, pedía que la llevasen más allá del mercado central, donde podía perderse entre el gentío. <<Los taxis tienen orejas y las orejas gatillos>>, solía decir su marido. Y no le faltaba razón, sobretodo en el tramo final de la odisea para llegar a pie a su trabajo en la base militar, donde, gracias a la sábana presuntamente santa, podía entrar sin ser identificada.

Pasados los controles policiales, cruzaba la base rodeada de torres de vigilancia y alambradas de espino, de vehículos y hombres armados hasta los dientes, camino del barracón para mujeres donde, por fin, se quitaba el escudo que todos los días la mataba y salvaba de una tumba temprana, delante del espejo colocado en la pared del vestuario frente al que realizaba su segunda metamorfosis diaria.

La taquilla no tenía nombre ni nada que la identificase, ni siquiera un número. En el techo la luz blanca, aséptica, parpadeaba como un ojo a punto de llorar. Metió la llave que llevaba colgada de una cadena alrededor del cuello en la pequeña cerradura y la abrió.

<<La libertad concentrada en un metro cuadrado>>, solía decir su instructor. Sonrió al recordarlo, extendió el brazo y sacó el uniforme de la Policía Nacional Afgana. Al ponérselo, lentamente, volvió a experimentar el extraño placer de escuchar y sentir los cordones apretando las botas de cuero, del chasquido del cinturón al cerrarse, del peso de la pistola en la cadera para, finalmente, ajustarse la gorra de servicio con la característica cinta roja para los sargentos, pero que nunca entraba bien por culpa del abultado hiyab gris. Aunque lo peor de todo era la última pieza del uniforme: la braga con la que se cubría el rostro y que apenas le dejaba respirar.

Las patrullas de los miércoles a las afueras de Kandahar siempre eran las más peligrosas. Sin embargo, las bombas de carretera, los controles talibanes y las emboscadas no le asustaban tanto como lo que le podría suceder a su familia si alguien la identificaba.

Al salir del barracón el sol brillaba amenazador, insolente. A lo lejos, un helicóptero de las fuerzas internacionales se alejaba revoloteando como una mariposa enloquecida por la falta de néctar. El petardazo de un tubo de escape hizo que tres pipiolos delgados y con los uniformes nuevos se lanzasen al suelo. Rahila sonrió y se dirigió a su vehículo, donde un cabo estaba cargando varias cajas de munición para cuatro AK47 apoyados en la rueda del todoterreno.

-¿Estás bien? -preguntó el subalterno, enseñándole los dientes amarillos.

Rahila le echó una mirada desafiante y cargada como los fusiles de asalto a sus pies. Cogió uno y tras cerciorarse de que tenía el seguro puesto, se lo colgó al hombro como si fuera un tercer brazo.

-Tú qué crees, idiota. Súbete y calla un rato.

-A la orden -respondió el agente, haciendo el saludo militar y abriendo la puerta del vehículo. -Esta guerra sólo acabará cuando armemos a todas las mujeres -añadió, metiéndose dentro.

-Inshallah -murmuró ella, mirando alrededor, acariciando el arma.

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